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Libia ha cerrado su cárcel de migrantes más conocida, ¿es una buena noticia?

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Por Ian Urbina y Joe Galvin

Sin ninguna explicación por parte del gobierno, ni jolgorio por parte de los grupos humanitarios, ni cobertura por parte de los medios de comunicación nacionales o extranjeros, la prisión de migrantes más notoria de Libia, Al-Mabani, cerró oficialmente el 13 de enero de 2022.

En sus aproximadamente 12 meses de vida, la cárcel se convirtió en un emblema del irresponsable sistema general de detención de migrantes en Libia. Allí eran habituales las violaciones, la extorsión y los asesinato, que estaban bien documentados.

Al-Mabani era importante para el mundo no sólo porque la ONU dijera que allí se cometían crímenes contra la humanidad, sino también porque su existencia y crecimiento eran el resultado de políticas de la UE destinadas a impedir que los migrantes cruzaran el Mediterráneo y llegaran a las costas europeas. 

Desde el punto de vista periodístico, el cierre de Al-Mabani puede parecer un logro. Un equipo de reporteros sacó a la luz amplios abusos en la prisión y el gobierno cerró inmediatamente el lugar. Pero la historia más importante es menos alentadora. 

El cierre silencioso de Al-Mabani muestra la naturaleza siempre cambiante del encarcelamiento en Libia y cómo esa transitoriedad hace casi imposible la protección de los detenidos. Los centros de detención de inmigrantes abren, cierran y vuelven a abrir de una semana a otra. Los detenidos son trasladados sin apenas seguimiento. Tres mil personas son sacadas de una prisión y, misteriosamente, sólo 2.500 de ellas bajan del autobús en la siguiente. Los cooperantes tardan meses en conseguir el permiso para realizar visitas periódicas a prisiones como la de Al-Mabani, sólo para tener que volver a iniciar estas negociaciones cuando estos detenidos llegan a una prisión de nueva creación. La consecuencia: las milicias pueden, con segura impunidad, desaparecer, torturar y detener a los refugiados indefinidamente.

El cierre de Al-Mabani también ilustra cómo funcionan realmente el poder y la gobernanza en Libia. Lo que determina la forma en que se trata a los inmigrantes, dónde se les retiene, cuánto tiempo y si se les libera tiene menos que ver con la ley o los imperativos humanitarios y más con el patrocinio y el pago. 

Es probable que el cierre de Al-Mabani no se deba a que los periodistas hayan revelado que los guardias del centro han cometido delitos como el asesinato de Aliou Candé y la extorsión y tortura de muchos otros migrantes. Es más probable que el cierre de Al-Mabani se deba a una lucha política entre dos hombres que se disputan el manejo de la Dirección para la Lucha contra la Migración Ilegal (DCIM, por sus siglas en inglés) de Libia, que gestiona el flujo de migrantes capturados. La detención de migrantes en Libia es un gran negocio y para los detenidos todo tiene un precio: la protección, la comida, las medicinas y, lo más caro de todo, la libertad. 

Cuando uno de los directores, el general Al-Mabrouk Abdel-Hafiz, perdió su puesto de liderazgo en el DCIM, la prisión Al-Mabani, dirigida por su milicia favorita, quebró. Un día después de que Mabrouk perdiera su puesto, Al-Mabani publicó su último mensaje en Facebook. Cuando el nuevo director, Mohammed al-Khoja, se hizo cargo del DCIM, el lucrativo flujo de migrantes cautivos se redirigió a la prisión Al-Sikka, una instalación que él dirigía anteriormente. Una portavoz de la ONU confirmó que muchos de los detenidos de Al-Mabani fueron trasladados a Al-Sikka. Al vencedor le corresponde el botín. 

El cierre de Al-Mabani también forma parte de una iniciativa más amplia del gobierno libio para trasladar los centros de detención oficiales fuera de Trípoli. Las fugas de los detenidos son más difíciles cuando la prisión está en medio de la nada. También es menos probable que los grupos de ayuda y los periodistas molesten, ya que el gobierno limita más los movimientos fuera de la capital.   

Inaugurada a principios de 2021, Al-Mabani, que en árabe significa «Los edificios», era notoriamente brutal. Ningún periodista había entrado nunca en las instalaciones, pero los emigrantes fugados contaban lo que ocurría allí, en ocasiones respaldados por imágenes de teléfonos móviles. La violencia alcanzó su punto álgido en Al-Mabani en octubre, con un tiroteo masivo de migrantes durante una fuga, pocos días después de que las autoridades hubieran reunido y detenido arbitrariamente a hasta 5.000 migrantes de Gargaresh, una barriada de migrantes cercana. «Algunos de los miembros de nuestro personal que presenciaron este incidente describen a los migrantes heridos en un charco de sangre tendido en el suelo», declaró Federico Soda, jefe de la oficina de la Organización Internacional de las Migraciones en Libia. Seis personas murieron. Otras veinte resultaron heridas.

En diciembre del año pasado, The Outlaw Ocean Project, en colaboración con la revista The New Yorker, publicó una investigación sobre Al Mabani y el sistema más amplio de prisiones en la sombra que la UE ha ayudado a crear. El reportaje contaba la historia de Aliou Candé, un refugiado climático de Guinea-Bissau que fue detenido por la guardia costera libia financiada por la UE en el Mediterráneo, enviado de vuelta a Al Mabani y finalmente asesinado por sus guardias. 

Este reportaje seguramente influyó en el cierre de Al Mabani. Pero lo más importante de este suceso es cómo el clientelismo se convierte en gobierno en Libia, cómo los crímenes contra la humanidad son el resultado y cómo la UE sigue apoyando financieramente estos abusos a través de su apoyo a la Guardia Costera libia. 

El patrón es claro. Las milicias dirigen los centros de detención durante todo el tiempo que pueden, y luego los cierran cuando los agentes del poder cambian o los medios de comunicación arrojan demasiada luz sobre ellos. El caso es que Al-Mabani solo se creó para acoger a los detenidos de Tajoura, otra prisión famosa por su violencia, después de que empezara a llamar demasiado la atención. Fue bombardeada en 2019, y los investigadores revelaron que entre los migrantes muertos había algunos que habían sido obligados a realizar trabajos militares como la preparación de armas. «Los cierres de centros individuales o la centralización de la detención migratoria hacen poco para abordar el abuso sistemático de los refugiados y los migrantes, lo que pone de relieve la necesidad de erradicar el sistema de detención abusivo en su conjunto», aseveró Amnistía Internacional en un informe de 2021.

La UE ha tardado en asumir la responsabilidad de su papel. En enero, The Outlaw Ocean Project presentó los detalles de su investigación ante la comisión de derechos humanos del Parlamento Europeo, y expuso el amplio apoyo de la UE al aparato de control migratorio de Libia. Los representantes de la Comisión Europea discreparon de nuestra caracterización de la crisis. «No estamos financiando la guerra contra los inmigrantes», señaló Rosamaria Gili, directora para Libia del Servicio Europeo de Acción Exterior. «Estamos tratando de inculcar una cultura de derechos humanos».

Y sin embargo, apenas una semana después, Henrike Trautmann, representante de la Comisión Europea, aseguró a los legisladores que la UE iba a proporcionar cinco buques más a la Guardia Costera libia para reforzar su capacidad de interceptar a los migrantes en alta mar. 

Más barcos significa más detenciones. El año pasado, los guardacostas libios detuvieron a más de 32.000 inmigrantes y los devolvieron a las cárceles de inmigrantes de Libia. Con el apoyo adicional de la UE, es probable que esa cifra aumente en 2022. «Sabemos que el contexto libio está lejos de ser óptimo para esto», reconoció Trautmann. «Seguimos pensando que es preferible continuar apoyando esto que abandonarlos a su suerte».