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Sociedades Divididas

Por Héctor E. Schamis

Generaciones de estudiantes universitarios se formaron bajo el “paradigma de las transiciones”, literatura que analiza la ola democratizadora iniciada en los setenta. En los capítulos sobre América Latina se examinan los regímenes militares precedentes y la persistente violencia política en la historia de la región. La democracia recién comenzaba, por eso se estudia un caso que era lo opuesto: democrático, moderado, estable y civil. Allí, y desde hacía casi treinta años, los líderes políticos habían sido capaces de acordar, de diseñar pactos para moderar la polarización ideológica y neutralizar el conflicto. Ese caso debía imitarse—era Venezuela.

Ya para esa época, mediados de los ochenta, el pacto en cuestión estaba en proceso de erosión. No sería la primera vez que los expertos llegan tarde a la realidad. El precio del petróleo caía y la nueva austeridad puso al descubierto las limitaciones de ese arreglo entre elites. Muchos grupos sociales estaban fuera del sistema político y la abundancia petrolera no se usó para resolver el problema de la desigualdad, lo cual además puso al descubierto la corrupción. La crisis de la deuda precipitó el ajuste económico, vino el Caracazo y el colapso definitivo del Punto Fijo.

Lo que siguió es historia conocida. Venezuela dejó de ser el ejemplo y, más aun, cuando llegamos a este siglo comenzó a instalarse la idea de “sociedad dividida”. Aquel modelo de democracia comenzaba a parecerse a la Argentina de peronistas y anti-peronistas, la España de los “cuarenta años”, el Chile de los setenta y ochenta, y tantos más. Sociedades incapaces de crear un orden político estable y duradero, ni que hablar de uno que pudiera garantizar un mínimo de paz social.

Es importante reflexionar sobre esto hoy, mientras la calle sigue caliente, los derechos continúan violándose, y el régimen cada vez es más abiertamente un régimen cívico-militar. O sea, un régimen que quita derechos, militariza a la sociedad civil y politiza a las fuerzas armadas—autoritarismo y punto.

Se trata, en definitiva, de imaginar la manera por la cual una sociedad dividida puede dejar de serlo, asumiendo además que no es tal por un empate electoral, a propósito del tan mentado 1.5 por ciento de diferencia de abril de 2013. Una sociedad dividida lo es cuando identidades profundas se perciben a sí mismas como mutuamente excluyentes, es decir, cuando la política suma cero. Lo que gana mi rival lo pierdo yo, y a la inversa. Si ello es así, y se vive con relativa intensidad, mi rival se convierte en mi enemigo.

Esto invita dos preguntas. La primera es si el chavismo como identidad perdurará en el tiempo, sobre todo después de Chávez y dependiendo de cómo esta crisis repercuta en su interior. Si la respuesta es afirmativa, que el chavismo llegó para quedarse, la siguiente pregunta es si la oposición, a su vez, es capaz de imaginar un futuro político conviviendo con el chavismo. Eso importa porque en el pasado la respuesta fue “no”—o ellos o nosotros—y porque la represión actual podría reavivar sentimientos revanchistas, lo cual perpetuaría el suma cero. En ese caso, responder que sí, que pueden imaginarse conviviendo con el chavismo, bien podría ser condición necesaria para, en el corto plazo, diseñar un acuerdo post-Maduro, detener la violencia y recomponer una cierta normalidad y, en el largo, suturar la profunda división de la sociedad y construir un régimen político viable.

Sobre esto lo esencial es saber qué está pasando al interior del chavismo, no entre los apparatchiks, los represores, los delatores y los corruptos—para ellos es todo o nada. Lo que hay que averiguar es que piensan los cuadros intermedios, civiles y militares, aquellos honestos—que los hay—aquellos que en ese vasto movimiento se definen como demócratas y legalistas—que también los hay—y para quienes el terrorismo de estado es una píldora difícil de tragar. Con ellos, la oposición tiene que conversar, no en el futuro, sino hoy, y no hay indicio de que esté sucediendo.

La literatura sobre transiciones erró en su lectura del Punto Fijo, pero acertó en proposiciones de enorme agudeza para entender la democratización, y extremadamente útiles para Venezuela hoy. No hay transición a menos que la elite del campo autoritario se divida. La conocida historia de los duros y los blandos, los halcones y las palomas, la oposición tiene que dividir al chavismo para terminar con la división de la sociedad. En el camino, algún precio tendrá que pagar, concediendo a más de alguno una salida aceptable. Esa es la política. Mal que nos pese, si los jerarcas del ancien régime temen por su futuro, prevalecerá su intransigencia. La alternativa a no hacerlo podría ser la continuación indefinida de la presente violencia, sin estado, sin economía y sin ley. Prolongada en el tiempo, una división social bien puede derivar en disolución del mismo tejido social. Ha sucedido en la historia.

Leopoldo López tal vez sea el indicado para ir en la dirección aquí sugerida. Constituido en un virtual Mandela venezolano, en un gesto que tiene tanto de coraje como de sutil estrategia política, quizás se anime a replicar al líder sudafricano en lo que sigue: buscar la verdad, pero promover la reconciliación. Porque sin reconciliación no hay orden político legítimo, duradero y pacífico que sea posible. El enemigo tiene que volver a ser un rival.

*Héctor Schamis es profesor en Georgetown University, Washington DC.

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