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Manual para la corrupción

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Por Alejandro Tarre

¿Cómo en algunos países la corrupción se vuelve un fenómeno “normal” y generalizado? Para un ciudadano de un país desarrollado, ¿cuál es la mejor manera de entenderlo?

Veamos una práctica común en el primer mundo: las descargas ilegales en Internet. La mayoría de los jóvenes de muchos países civilizados cometen este delito que, moralmente, no es distinto a robarse unos videojuegos de una tienda. Pero si su hijo hace una descarga ilegal, ¿lo vería usted como vería a un adolescente que cada fin de semana entra a una tienda y se roba algo? Más aún, si alguien de otro país aún más civilizado, donde las descargas ilegales son mal vistas, describe a su hijo como un vulgar ladrón similar a los que se roban carteras en una avenida, ¿pensaría usted que la descripción es justa?

Probablemente, no. Pensaría que esa persona no entiende que en su país hacer descargas ilegales en Internet no es tan mal visto como robar en una tienda. Y, como es visto como normal y la sociedad no lo penaliza, la mayoría de los jóvenes cometen este delito, algunos sin siquiera saber que están haciendo algo malo. Más importante aún, usted intuye que si las descargas ilegales en Internet fuesen tan mal vistas como robar en tiendas, su hijo jamás descargaría nada ilegalmente. El problema es que estas descargas se han vuelto tan normales como aceptables. O aceptables por normales.

Otro ejemplo. Mire este experimento del economista Dan Ariely:

Ariely no lo dice pero la gran disparidad de salario entre dos tareas similares es un poderoso incentivo para la corrupción. De hecho, el incentivo es tan poderoso que más del 90 por ciento de los jóvenes son empujados a participar en el soborno. Y, una vez que participan, son más proclives a perpetrar otros actos de corrupción. El sistema volvió corruptos a jóvenes que hasta ese momento no lo eran.

De forma errónea y exagerada muchas críticas a la corrupción enfatizan más en la responsabilidad del individuo que en la del sistema. El meollo del asunto es el carácter de una persona. Un hombre es corrupto porque es un mal hombre. Que una persona relativamente decente pueda verse enredada en un acto de corrupción o que los poderosos vicios e impulsos de los corruptos puedan ser fácilmente embridados y hasta cercenados por un sistema de leyes, no cabe en esta particular concepción del universo moral.

En los países corroídos por la corrupción señalar la responsabilidad del individuo tiene una gran utilidad: contribuye a que esos actos corruptos que son asumidos como normales sean vistos como lo que en verdad son. Pero el foco en el individuo no debe cegarnos a la importancia de corregir las distorsiones e incentivos del sistema que, por encima de los demás factores, están causando la corrupción y hasta corrompiendo a ciudadanos que en otros países serían fáciles de mantener dentro del corrillo de la ley.

Vea aquí la entrevista completa a Dan Ariely.

 

 

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