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Una vieja pareja de baile

Por Oscar Medina

Al camarada Iosif Stalin le gustaba asistir a las funciones de ópera y ballet en el Teatro Bolshoi de Moscú. Y si la representación resultaba de su agrado, conversaba con el compositor para felicitarle y recordarle que la expresión artística debía ser clara y accesible para las masas.

El día 26 de enero de 1936, a Stalin le pareció que la Lady Macbeth de Dmitri Shostakovich no encajaba en el ideal del arte para el pueblo llano y abandonó el palco en medio de la función. Dos días después el periódico Pravda publicó un editorial titulado “Confusión en vez de música” en el que se advertía que Shostakovich estaba jugando un juego que “podría acabar muy mal”. La anécdota la recoge el crítico Alex Ross en su libro “El ruido eterno”

Shostakovich pasó buena parte de su vida tratando de complacer a las autoridades soviéticas aun a costa de su genio musical. En ocasiones lo logró y hasta pudo beneficiarse con prebendas y bienes materiales. El régimen siempre exigió más sumisión. Y Shostakovich siempre estuvo dispuesto a ceder.

Y, por supuesto, no fue el único: era eso o vivir en la más absoluta desgracia. O ganarse una sentencia de muerte.

A partir de los años 30 el totalitarismo impulsó la que quizás sea la fase más funesta de la música en el siglo XX: su politización. Con Stalin y Hitler muchos se sumaron a la fuerza, pero otros tantos grandes nombres lo hicieron por conveniencia o porque creyeron en lo que proponían estos líderes con mano de hierro. Richard Strauss, por ejemplo, agradeció a Dios que por fin un canciller del Reich se interesara por el arte. Se refería, por supuesto, a Hitler, a quien la música clásica tocaba en sus fibras íntimas, especialmente la concebida por Richard Wagner.

Pero no todo es terror. Algunos políticos comprendieron el poder seductor de la música desde muy temprano en la historia de la conquista de las masas.

A principios de siglo XIX en Estados Unidos los candidatos a elecciones encargaban canciones personalizadas. Lincoln and Liberty, de 1860, es una de ellas.

Más adelante empezaron a usar temas de músicos populares o profesionales. En los actos públicos de Franklin Roosevelt se escuchaba con insistencia la canción Happy Days are Here Again, original de Ben Selvin and The Crooners.

En 1960, John F. Kennedy hacía lo mismo con la interpretación de High Hopes, de Frank Sinatra. Y en la orilla contraria, destaca el papel de la Nueva Trova Cubana en la propaganda a favor del régimen de los Castro. Allí, frente a celebridades globales como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, hoy se puede encontrar la respuesta más underground de Porno para Ricardo, una banda de rock que se juega la vida haciendo canciones escandalosamente críticas –y no aptas para oídos delicados- contra el sistema comunista.

En 1992, el saxofonista aficionado Bill Clinton, utilizaba la canción Don’t Stop, de Fleetwood Mac. La banda, de hecho, estuvo tan complacida con su triunfo en las elecciones que tocaron el tema en vivo en la fiesta que inauguró la era Clinton en la presidencia.

Es posible que haya sido Barack Obama el candidato presidencial que más músicos y artistas en general haya sumado a su campaña en una larga lista en la que se cuentan estrellas del hip hop como Jay-Z, Will I Am y Kanye West; y figuras del rock como Bruce Springsteen, R.E.M y Neil Young.

Will. I. Am, de hecho, creó el tema Yes, We Can a partir de un discurso de Obama y reclutó a un importante grupo de colegas para el video que incluso ganó un premio Emmy.

En Latinoamérica la pareja Kirchner, en Argentina también contó con el respaldo de voces muy populares como las de Charly García, Andrés Calamaro, Fito Páez y Gustavo Santaolalla. Todos ellos respaldaron primero a Néstor y después a Cristina Kirchner. La organización Músicos con Cristina es la plataforma que lleva la batuta. Y hasta realizaron un micro en homenaje a Néstor Kirchner en el que se escucha a Calamaro entonando una canción de Alfredo Zitarrosa.

El presidente venezolano Hugo Chávez no se quedaba atrás. Su proyecto de revolución reclutó a músicos de diversos estilos populares y algunos participaron activamente en sus campañas electorales con temas hechos a la medida.

Chávez se ganó el apoyo y el rechazo de músicos de fama internacional. El salsero Willie Colón se convirtió en un férreo detractor de la revolución chavista, muy activo a través de su cuenta de Twitter. En la otra acera, René Pérez, de Calle 13, no esconde sus simpatías con el gobierno bolivariano. Al lado de Calle 13, en una ceremonia de los premios Grammy Latinos, se presentó el joven director de orquesta Gustavo Dudamel, el personaje de la música más destacado de los últimos años en Venezuela. Y lo hizo con la Sinfónica Simón Bolívar en noviembre de 2011.

Los políticos de hoy apuestan más a sumar el apoyo de artistas que se mueven en ámbitos masivos. Para ellos lo que cuenta es la cantidad. La música clásica puede brindar solemnidad, dar sello de elevación espiritual y dar legitimidad a una causa política. No tiene el impacto masivo de géneros más populares como el rock, el hip hop o los ritmos tropicales como la salsa. En pocos casos, la música clásica crea celebridades populares como en el caso de Dudamel. Por eso es tan discutido su apoyo a gobiernos como el de Chávez y Nicolás Maduro. Y por eso mismo destaca también el cuestionamiento que la pianista venezolana Gabriela Montero ha hecho del rol político de Dudamel en refrendar un régimen señalado como autoritario. Podría decirse, en su defensa, que todo lo hace por el bien del sistema de orquestas que desde hace ya unos cuantos años es orgullo de Venezuela.

Se podría parafrasear, también en su defensa, a Schopenhauer afirmando que al lado de la historia de la humanidad el arte es inocente y que la música bien puede ser autónoma e independiente de la realidad del mundo material.

Pero hay que pensarlo dos veces: ¿en verdad es posible tal cosa?

 

 

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