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De aquellas palabras estos linchamientos

Carlos Celaya

En una de las fotografías de los 9 linchamientos que hubo en Argentina en los últimos cinco días puede verse, junto al supuesto ladrón golpeado y agonizante en el suelo, a una joven pareja y su bebé. Él está sentado en la vereda y mira el cuerpo magullado. Ella, con el niño en brazos, mira hacia otro lado.

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No hay linchamiento sin espectadores. El linchamiento es para eso: para que lo vean todos. O mejor dicho, para que participemos todos.

Una pancarta pintada sobre una madera, colgada de un poste y rodeada de alambre de espino dice: “VecinosOrganizados. Ratero, si te agarramos no vas a ir a la comisaría. Te vamos a linchar”. No hacen falta diálogos ni argumentaciones. Tampoco existe confianza. La justicia se hace aquí y ahora y de la única forma posible: humillando para que todos lo vean.

Las imágenes de turbas en Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Río Negro, por mencionar los últimos linchamientos conocidos (los hay en diferentes puntos del país y diferentes momentos del año) que inmovilizan un atacante extraño al barrio, lo desfiguran y exhiben el cuerpo amoratado y ensangrentado como un triunfo de la justicia escandalizan a los dirigentes políticos, a los ciudadanos y a los formadores de opinión en televisiones, radios, diarios, redes sociales y portales de Internet.

Los líderes políticos se reparten la responsabilidad de explicar lo sucedido.

La presidenta de la Nación afirmó en un discurso durante los sucesos: “Cuando alguien siente que su vida no vale más de dos pesos para el resto de la sociedad, no le podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos”, un argumento que sirve tanto para el que es linchado como para el que va a linchar.

El ministro de Seguridad de Rosario, donde David Moreyra, un ratero de 18 años, fue pateado hasta que su cabeza reventó, afirma que el linchamiento es simplemente un “homicidio”, aunque en realidad parezca un ritual.

Mauricio Macri y Sergio Massa, los dos líderes de la oposición, afirman que todo esto pasa porque al Estado no se lo ve por ningún lado: “La ausencia del Estado lleva a la desesperación de la gente”, afirma Mauricio Macri. “Los vecinos lo hacen porque hay un Estado ausente”, refuerza Sergio Massa.

Algunos datos parecen darles la razón. Argentina es, según el Observatorio Americano de la Seguridad, el tercer país de la región por la cantidad de empresas de seguridad privada, sólo detrás de Brasil y Perú. Otros datos, no tanto: Argentina tiene un número de policías por cada 100.000 habitantes similar al de Estados Unidos, Canadá, Chile o Brasil. O el Estado está ausente o está muy mal usado.

Con uno de cada cinco argentinos empleado en un organismo público, otro argentino de cada cinco jubilado y otro argentino receptor de algún tipo de transferencia pública, con más de 80.000 millones de pesos (unos 8000 millones de dólares) en subvenciones estatales a las empresas de transporte, energía o telecomunicaciones, con un discurso propagandístico sofocante sobre la presencia del Estado, resulta chocante que la ausencia del Estado sea la única explicación.

También es chocante que a pesar de que el Gobierno afirma una y otra vez que esta década ha sido una etapa de reducción de la pobreza, de aumento del empleo formal y de mayor inclusión social, sea la falta de inclusión la explicación que se otorga desde la misma Presidencia.

Seguramente uno y otro tienen razón.

Pero lo cierto es que mientras los linchamientos imponen una dinámica perversa en algunas calles y en unas pocas horas,  en los despachos oficiales el nivel de violencia verbal y de ánimo de reyerta parece un reflejo cada vez más habitual. Y un mal ejemplo.

Un juez del Tribunal Supremo dice que un candidato opositor es un “vendepatria y un mentiroso” por su campaña contra la inseguridad. Los segundones del líder opositor responden que el juez está “histérico” porque en realidad defiende a los ladrones. Otro juez, sospechoso de extorsionar a casas de cambio y quioscos financieros, absuelve a varios implicados en una trama de financiación de la campaña de Cristina Kirchner y narcotráfico; un ex presidente y un ex ministro de Economía son juzgados por una operación delictiva; un informe de la Gendarmería sobre las inundaciones de La Plata de hace un año contabiliza 89 muertos y certifica el descontrol en la morgue donde había perros muertos junto a fetos putrefactos acumulados en salas irrespirables. Y, como quien dice unas horas antes, un líder sindical famoso por decir que había que dejar de robar en Argentina unos dos años, afirma que el ex presidente Néstor Kirchner robó 6 o 7 mil millones y se  “cagó muriendo” a los 60 por avaro.

En las páginas de un diario de cualquier día puede uno encontrar 10 ó 15 exabruptos: insultos,  declaraciones prepotentes, acusaciones de delitos, fanfarronadas. Y todo eso puede leerse mientras se degusta un café un bar de Buenos Aires cuyo reclamo es una pizarra con frases como “la concha de tu madre”, “mirá donde estacionás”, que supuestamente invitan a tomarse un minuto de calma. En uno de los programas de más audiencia, “Intratables”, el presentador aparecía hasta hace un par de semanas con un bate de beisbol, como para imponer orden.

Aunque se atribuye a los argentinos el don de la palabra, solemos usarlo más para hablar que para entender al otro. La calle argentina es un lugar de monólogos, donde no importan mucho las razones del otro. Como la pólvora, el insulto brota en seguida en la discusión más trivial: un par de palabras y te mencionan a la madre, a la esposa, a la hija, te llaman cuatro ojos y te amenazan con partirte la cara.

Esa Argentina locuaz para el agravio no está formada  sólo por la población menos educada sino también, y con mucho más eco,  por gente universitaria, con poder y con dinero: dirigentes políticos, sindicales, empresarios, periodistas, encuestadores y hasta asesores de imagen encuentran en el lenguaje pendenciero una salida a la frustración del momento.

Puede que el Estado esté ausente. Pero tan ausente como él, está la confianza y el diálogo.

Tener armas, ser marginal, fumar paco o meterse una raya de cocaína son ingredientes que pueden ayudar a la violencia muchas veces.

Pero estar enojado, no saber hablar, no poder argumentar y no saber resolver un conflicto forman una bomba de tiempo mucho más letal.

 

*Carlos Celaya es autor del blog Ciudades Inmigranteshttp://votosinmigrantes.blogspot.mx/

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