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Cuando ruge el tigre

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Por Andrei Serbin 

Para entender la actual situación de Venezuela deberíamos empezar analizando el caso de Leamsy Salazar, y no con el decreto de emergencia nacional de Obama. Leamsy Salazar, fiel escolta durante diez años del fallecido presidente Hugo Chávez Frías y luego de Diosdado Cabello, se subió a un avión en diciembre de 2014 y viajó a Estados Unidos.

Este acto fue la culminación de casi dos años de colaboración con la DEA(Administración para el Control de Drogas de EE. UU.) y el inicio de una nueva fase en la que pasó a convertirse en una de las mayores fuentes de información para los EE. UU. sobre la situación en Venezuela y del chavismo. (Lea: Dos años sin Chávez y Venezuela sigue desplomándose)

Junto a él viajó su esposa, la Capitán del Ejército Anabel Marina Linares Leal quien se desempeñaba como directora suplente del Banco Bicentenario y que formó parte del equipo del actual ministro de Economía, Finanzas y Banca Pública, Rodolfo Marco Torres. Otra pieza clave para recolección de información.

Es difícil creer que después de años de una política externa pasiva y casi indiferente de EE. UU. hacia Venezuela, veamos un cambio tan fuerte sin que se hubiese un interruptor que accionara este redireccionamiento estratégico.

Contextualicemos: Tan solo meses después de la defección de Leamsy Salazar vemos una escalada en el tono diplomático de EE. UU. en coincidencia con la exposición de casos de corrupción como es el lavado de activos en el Banco de Andorra y el Banco de Madrid, así como la acusación a Diosdado Cabello de ser líder del Cartel de los Soles. Y no dejemos de lado cuáles son las características de las sanciones, que sugieren corrupción ante la presencia de bienes y cuentas de funcionarios chavistas en los EE. UU.

Por su cuenta, la declaración de Obama generó controversias, e incluso reforzó el discurso oficial del chavismo que anuncia constantemente la inminente invasión de los EE. UU. contra Venezuela para derrocar la revolución bolivariana. (Vea también: Preocupación en América Latina por situación política en Venezuela)

A su vez, le abrió las puertas a Maduro para expandir su poder al acceder a una Ley Habilitante que le permite gobernar por decreto por los próximos 9 meses (periodo que incluye las elecciones legislativas). El mandatario ya dispone de la Resolución 1.605 que reglamentó el uso de los servicios de inteligencia y le concedió control irrestricto sobre los mismos. Junto con la Ley Habilitante convocó a maniobras militares en todo el país, una excusa idónea para desplegar fuerzas sin cuestionamientos y profundizar la militarización.

Esto en el entorno de represión, violación de derechos humanos, censura de medios y persecución política parece una fórmula perfecta para acentuar la crisis política venezolana. Pero a medida de que se destapa la olla, queda preguntarnos: ¿Este desatino de Obama no es más bien el primer paso en una estrategia más amplia frente al madurismo? Muchos analistas apuntan a dos hipótesis con efectos muy diferentes.

La primera hipótesis es que con la inteligencia recopilada EE. UU. ha adoptado una estrategia que golpea las bases económicas de los protagonistas dentro del PSUV, buscando que estos huyan o presionen a Maduro.

La segunda hipótesis apunta a que este cambio busca fortalecer a Maduro dentro del chavismo, otorgándole herramientas como la Ley Habilitante para luchar contra sus adversarios internos, en especial aquellos cercanamente vinculados con actos de corrupción.

En esta última hipótesis, EE. UU. no apostaría al fin del gobierno de Maduro sino a la estabilización de Venezuela por los medios que sean necesarios (aun si implican la creación de un gobierno dictatorial).

En el marco regional, el escenario en el corto y mediano plazo no es prometedor. Unasur, con sus muestras de apoyo tanto tácito como explícito hacia el gobierno de Maduro, ha demostrado su incapacidad para interceder y traer un fin a la conflictividad en Venezuela.

Dilma Rousseff, Cristina Fernández de Kirchner, y otros protagonistas de la región están demasiado ocupados con agitadas agendas internas como para abordar soluciones concretas en Venezuela.

Tan solo Uruguay ha asumido una postura crítica hacia el gobierno venezolano, pero con resultados limitados. Casi una década de nuevos organismos regionales y retórica antinorteamericana parecen culminar en el colapso democrático de uno de los líderes de la región, y una oportunidad para que los EE. UU. reactive su rol en lo que siempre vio como su “patio trasero”.

Es muy temprano para saber si Obama ha cometido un error de cálculo garrafal o si ha dado el primer paso de una nueva política hacia Venezuela que puede tener diversidad de resultados. Lo más preocupante es que ninguna de las hipótesis presupone una mejoría para los venezolanos que están sufriendo día a día con el desabastecimiento, la corrupción, la corrosión democrática, la inflación, la persecución política, la militarización, la represión estatal y demás problemas que azotan a aquellos que viven en el país caribeño.

Por último, cabe destacar que el viernes 13 de marzo, un día antes del inicio de maniobras militares, Maduro abrió la puerta al dialogo al declarar: “Yo tiendo una mano al gobierno de EE. UU. para que avancemos juntos en diálogos francos y busquemos una solución sobre la base del derecho internacional, el respeto mutuo, para que se subsane este grave problema que se ha creado”.

En el medio de discursos de tono tan elevado, la postura de la Maduro sugiere que el accionar de Obama está teniendo sus efectos. O como reza el dicho venezolano: “Donde ronca el tigre no hay burro con reumatismo”.

 

* Analista internacional y coordinador de investigaciones de la Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales, CRIES. @SerbinPont

* Este texto fue publicado por el diario El Tiempo, de Colombia, y se reproduce aquí con el consentimiento de su autor

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