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Cocaína: el Big Bang mexicano

Por Oscar Medina

“México es el origen de todo. El mundo en el que ahora respiramos es China, es la India, pero también es México. Quien no conoce México no puede entender cómo funciona hoy la riqueza en este planeta. Quien ignora a México no entenderá nunca el destino de las democracias transfiguradas por los flujos del narcotráfico”. La cita es del libro CeroCeroCero, en el que el escritor Roberto Saviano establece todas las conexiones posibles para demostrar cómo la cocaína “gobierna al mundo”.

“Para entender la coca hay que entender a México”. Tan destacado el papel de los mexicanos que ya en las primeras páginas del libro, Saviano tiene que recurrir a una suerte de historia fundacional o mito fundacional de eso que hoy conocemos como un cártel. Y aquí es donde entra en escena Miguel Angel Félix Gallardo, alias El Padrino.

Miguel Angel Félix Gallardo nació el 8 de enero de 1946, en Culiacán, Sinaloa. A los 17 años ya era policía judicial. De acuerdo a un trabajo del periodista Diego Osorno, se inició muy temprano en el tráfico de heroína y en 1971 se emitió la primera orden de captura en su contra, de las 15 que sumó en su vida. En 1981 fue absuelto de cargos por posesión de 100 kilos de cocaína y 10 de heroína. Finalmente, el 8 de abril de 1989 fue capturado y una revista de temas policiacos presentó el asunto con sobrado optimismo: “Totalmente exterminado quedó el narcotráfico al ser capturado el zar de la cocaína, Miguel Angel Félix Gallardo, quien ya se encuentra tras las rejas y haciéndole compañía a otros capos”.

En su libro, Saviano, describe a Félix Gallardo como un policía que sabía tanto sobre rutas y formas de contrabando -un cazador de contrabandistas- que un día tomó la decisión de reunir a los líderes del negocio para plantearles que él sería el jefe de ahora en adelante: “El que aceptó pasó a formar parte de la organización; al que prefirió seguir actuando por su cuenta le dejaron en libertad de hacerlo. Y más tarde lo mataron”.

elpadrino2Así fue que se convirtió en El Padrino, el hombre que conocía las rutas, que encontraba las formas de colar la droga por la frontera hacia Estados Unidos. Félix Gallardo creó una estructura tan efectiva y confiable que Pablo Escobar le pidió ayuda para hacer llegar su producto al mercado final y lo mismo hicieron sus rivales de Cali y otras zonas de Colombia. Así ganó dinero con todos sin meterse en sus guerras. Fue él quien más tarde propuso que le pagaran su trabajo con mercancía y de esta manera entraron los mexicanos al negocio de la distribución directa de cocaína.

Jesús Blancornelas, el fallecido director del valiente semanario Zeta (Tijuana) y gran conocedor del mundo del narcotráfico, alguna vez describió a Félix Gallardo de esta manera: “Nunca en la historia mexicana del narcotráfico alguien como él para operar. Era hombre de palabra, de trato antes que de disparos, de convencimiento y no de ejecuciones. Menospreciaba; para deshacerse del enemigo; ni encarado ni arrebatado, tampoco malhablado, lo natural sinaloense; hombre de dominio por convencimiento y no a la fuerza. Tuvo además otra característica muy especial: desparramó silenciosamente billetes entre los policías de todas las escalas para formar una cadena muy discreta de información”.

La historia dice que en 1989 El Padrino reunió a todos los narcos destacados de la época en un complejo turístico de Acapulco. Había tomado una decisión: subdividir el negocio que controlaba –no por nada lo llamaban el zar de la cocaína- y asignar a sus colaboradores porciones de territorio de administración exclusiva: gestión autónoma que se supone evitaría conflictos y propiciaría un mejor manejo de cada plaza.

“Nacían en aquel momento los cárteles del narcotráfico, exactamente tal como existen hoy más de veinte años después”, relata Saviano: “Nacían organizaciones criminales que ya no tenían nada que ver con su pasado. Nacían instituciones con un territorio de su competencia sobre el que imponer tarifas y condiciones de venta, medidas de protección e intermediación entre productores y consumidores finales”.

La versión más detallada del episodio en Acapulco la contó Blancornelas y esa es una voz más que autorizada. Pero en algún momento el capo Miguel Angel Félix Gallardo presentó otra muy diferente.

En un conjunto de notas manuscritas que El Padrino le envió desde la prisión al periodista Diego Osorno dice lo siguiente: “En 1989 no existían los “Cárteles”. Después de lo de Posadas Ocampo, se empezó a hablar de “Cárteles” por las autoridades encargadas de combatir el delito. Si sabían de ellos es porque los protegían y agarraron solo al que caía en desgracia. Fue González Calderoni quien, en su tiempo repartió plazas, él se lució ante sus superiores, pero después de mi detención ya no volvió a detener a nadie de importancia. Todos, eran sus amigos”.

El Padrino le aseguró a Osorno que en su vida había ido alguna vez a Acapulco y apuntó a otro autor de la repartición de territorios: el entonces comandante de la Policía Judicial Federal, Guillermo González Calderoni, quien fue el ejecutor de la orden presidencial de detenerlo. González Calderoni no era, precisamente, un héroe. Amasó fortuna y poder gracias al narcotráfico: combatiendo a unos y amparando a otros. Según una nota de agosto de 2008 en la revista Proceso, El Padrino y el policía eran compadres. González Calderoni logró evadir a la justicia mexicana, entre otras cosas, convirtiéndose en delator de la DEA y pasó casi diez años en Texas, hasta que el 7 de febrero de 2003 un pistolero le acertó en la sien.

Así lo describieron entonces en una reseña de El País: “…quien fuera uno de los jefes policiales más poderosos, inteligentes y sinvergüenzas del sexenio del presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994)”.

En todo caso, el señalamiento de El Padrino contra González Calderoni llegó en 2009: ya el ex policía no podía desmentirlo. Lo mismo que Blancornelas, fallecido tres años antes. Pero Félix Gallardo sí ha vivido para ver cómo su idea de una gran corporación de la cocaína se desbarató sin la presencia de un líder unificador hasta convertirse en un grupo de organizaciones divididas en guerra constante y de una naturaleza cada día más sanguinaria, disputándose a balazos un negocio que mueve entre 25 mil y 50 mil millones de dólares cada año.

Dice Saviano: “Ese poder hay que mirarlo, clavarle la mirada en el rostro, en los ojos, para entenderlo. Ha construido el mundo moderno, ha engendrado un nuevo cosmos. El Big Bang ha partido de aquí”.

 

 

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