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Chávez en su castillo

feretro

Texto y fotos Oscar Medina

Esta es una “estructura estilo castillo” dice la guía. Tiene una estrategia para hablarle al grupo sin que se disperse: nos invita a “colocarnos” alrededor de ella en forma de media luna. “Bienvenidos al cuartel 4F, el cuartel de la montaña”.

-En una sola palabra, ¿qué les recuerda la fecha 4 de febrero?

-Chávez

-Libertad

-El por ahora

fotosSerelys Guilarte, de la Milicia Bolivariana, conduce la visita: “Aquí se encuentran los restos físicos del comandante de la patria”. Pasamos por esto que llaman la “Plaza del Eterno Retorno”, una especie de semicírculo donde se agrupan 33 banderas de los países de la Celac, “una de las tantas alianzas que hizo el comandante Hugo Chávez Frías por el bien de la patria”.

Unos pasos más allá Guilarte nos da otra lección. “¿Qué les parece la visual?”. A todos nos luce bien: desde la loma en la que estamos –la planicie del 23 de Enero- podemos ver el Avila, parte de la parroquia, los famosos bloques y Miraflores, helipuerto incluido. Pero Guilarte nos corrige: “Se ve la ciudad y nuestro Guaraira-Repano”. Y dice que por culpa de un terrateniente español fue que pasamos tantos años conociéndolo como el cerro Avila: “Pero cuando él llegó ahí ya habitaban los Caribes”.

Tras unos segundos para la reflexión, señala hacia el castillo: “El comandante se ubicaba en ese balcón y podía ver el Palacio de Miraflores”. Se refiere, por supuesto, al 4 de febrero de 1992, el día aquel en el que Chávez dirigió desde aquí -a buen resguardo- parte del ataque militar durante el intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. Se refiere, claro, al día en que se rindió, una decisión que quizás habría tomado en ese mismo balcón al que apunta la joven miliciana, tras haber fallado en el intento de eliminar a Pérez.

También estamos frente a un cañón centenario fabricado en Alemania. Y todas las tardes, dice ella, a las 4:25 se dispara una salva: “Para que Venezuela y el mundo entero sepan que el comandante no murió, sino que se multiplicó”.

Lo cierto es que ese cañonazo solo se escucha en los alrededores. Y lo cierto es que Chávez sí murió y vamos a pasar al lugar donde reposan sus restos.

feretro2Adentro del cuartel, en el centro del patio interno, protegido por una lona de los rayos del sol caraqueño, está el sarcófago que forma parte de una estructura que se nos presenta como “una flor de mármol y granito que representa el florecer de la patria” diseñado, -sorpresa- por el arquitecto Fruto Vivas. A la cabeza vemos una estatua de Bolívar con la espada desenvainada y a los costados dos reproducciones del “verdadero” rostro de Simón José de la Santísima Trinidad. Cuatro húsares custodian el féretro, el sarcófago, la urna de mármol, en fin, la estructura donde está “sembrado” el comandante. Y en los alrededores óleos enormes: un primer plano, otro con boina roja, otro “hablando” y otro más serio, con la boca cerrada.

“Esto es histórico para mí”, dice un colombiano que aprovechó un viaje de trabajo para escaparse a esta visita. Hay niños, hombres, muchas mujeres. Y todos los guías y cuidadores de la milicia son muy jóvenes. El granito de lo que uno supone el piso original del cuartel es cosa alucinante, como un mosaico de mandalas o algo así.

La primera estación de la visita, tras unos minutos para admirar el florecer de la patria, es la capilla del edificio. Un cristo colgado y a su lado imágenes de Chávez. El Chávez religioso. Rezando. Con el cristo azul. En ambas fotos se le ve el reloj y casi podría asegurar que uno de los casos se trata de un Cartier. Abajo, en el altar, tres vírgenes: la Rosa Mística es una. La otra es la Virgen del Luján que le obsequió Cristina Kirchner. Al centro, la Virgen del Valle. “Aquí se le hacen misas los días 5 de cada mes”, nos cuenta Guilarte: “O cuando lo piden sus familiares o el presidente Maduro. Mayormente las misas son privadas”.

Y se inspira describiendo las fotos: “Allí vemos a ese gran ser humano aferrado a Cristo. Vemos al comandante pidiendo vida. Vida para seguir con nosotros… El dolor más grande del comandante fue dejar a su pueblo”.

La segunda es una sala de exposiciones con láminas colgantes que van contando la historia de Chávez: muchacho, flaco, lanzando en un partido de béisbol. Con uniforme de la Academia Militar en 1972. De niño con sus amigos. Otras abrazando a Doña Elena, a las hijas. Algunas del golpe de 1992. Otras del Chávez preso después del “por ahora”, alimentando la construcción de su leyenda.

Y entonces ocurre: es la hora del cambio de guardia. “Infinito agradecimiento al libertador del nuevo tiempo, Hugo Chávez”, dice un soldado a toda voz. “Hoy tenemos patria… Patria perpetua, patria por siempre, patria para nuestros hijos…”. La letanía termina con un sonoro “Chávez vive”, al que contestan los húsares: “La patria sigue”. Suena la trompeta. Firmes, los de la milicia hacen el característico saludo castrense, mano en la sien, hasta que se extingue el sonido y ahora sí, se produce el relevo.

Y es nuestro turno de admirar de cerca la obra de Fruto Vivas.

Al sarcófago nos aproximamos por la izquierda y salimos por la derecha. Veo ojos aguados. Lágrimas a punto de brotar y otras que ruedan libremente. Todos ponen cara de circunstancia: no es cualquiera quien está bajo esas lozas. Pero hay que moverse rápido. La gente toca el mármol, desliza su mano por la tapa, le dan golpecitos. Es un momento que se debate entre la tristeza y las ganas de tener un souvenir: “Tómame una foto”, pide la señora, le entrega la cámara a su acompañante y besa la superficie fría. “Así” y vuelve a besarla. Ya tiene lo que quería.

-Lo besé.

A partir de aquí la visita pierde un poco la emoción. Caminamos por detrás, en las paredes que rodean la “estructura estilo castillo” se despliega la “Línea de vida” del comandante que es repasada por la guía desde su nacimiento el 28 de julio de 1954 en Sabaneta de Barinas (en realidad fue al lado, en el caserío Los Rastrojos) y se detiene especialmente para condenar a la “oligarquía que secuestró a Chávez en abril de 2002”. Y aclara:

-El comandante jamás renunció.

Calculando quizás el bajón de ánimo, su discurso se enciende enumerando las victorias electorales del chavismo, del invicto, y sus obras y proyectos “para el pueblo”, lista que incluye “sucesos nunca vistos” como el lanzamiento de dos satélites al espacio. No uno: dos.

Y la línea de vida se acaba: 5 de marzo de 2013.

fotos2

La próxima estación es un momento emotivo. Incluso más que el breve desfile en torno al féretro. En este salón
cuelgan gigantografías del Chávez con toda su potencia expresiva. Y en la pared del fondo, enormes, las fotografías de su acto de campaña bajo la lluvia: el hombre en pleno desafío de la enfermedad.

Las dos imágenes al final revelan otra intención: una reproduce las palabras con las que Chávez expresó su decisión de heredar su capital político a Nicolás Maduro. Y la otra, faltaba más, un perfil muy cerrado del heredero y hoy presidente.

Salimos. Estamos completando el círculo. Vemos el sarcófago desde el lado contrario: allá está el grupo que recién entra. La miliciana lee una cita del último discurso público de Chávez. Está en una placa en la pared: “Hoy tenemos patria y pase lo que pase, en cualquier circunstancia, seguiremos teniendo patria”.

El grupo recobra la emoción. La sensación de formar parte de algo grande. Brillan los ojos con otros destellos. Con orgullo. Estamos en el clímax de la visita. La guía recalca la importancia de esas líneas por la amenaza constante de las fuerzas que quieren “reinstaurar” el capitalismo y el neoliberalismo aprovechando la ausencia del líder. Y grita:

-¡Chávez vive!

-La lucha sigue, responden los visitantes

-No, no, no, interviene otro soldado: Deben decir, la patria sigue.

-¡Chávez vive!

-¡La patria sigue!

-¡Chávez vive!

-¡la patria sigue

-¡Chávez vive!

-¡La patria sigue!

-Excelente compatriotas, ¡viviremos y venceremos!

 

Este texto se publicó originalmente en la web prodavinci.com

 

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